La boda de Rosa es de esas obras de las que no te puedes fiar: no son lo que parecen. Como la vida misma. Que un día nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas para no romper el hechizo. Las sensaciones mientras la veía me resultaban familiares pero tardé en reconocerlas. Y no me refiero a su frescura mediterránea, muy conseguida con el tratamiento de la luz y el color que van acompañando a la protagonista en su recorrido emocional, y con los paisajes marinos y la geografía costera, y con las resonancias corales y oníricas de Berlanga o Fellini, y con la sensación de la arena bajo la piel. Tampoco se trataba del ritmo natural de los relatos llenos de humanidad a los que nos tiene acostumbrados Iciar Bollaín. No. Los recuerdos que empezaron a atropellarse en la memoria procedían de las letras de Serrat, de los guiones de Rafael Azcona, de los personajes de Almudena Grandes, de todas esas obras de ficción en las que uno reconoce su perspectiva de la realidad y así las tiene por auténticas.